JESUCRISTO, SI FUERA UN PERSONAJE DE NUESTROS DIAS

 

   Sabemos cómo fue tratado Jesucristo en su época, hace dos mil años. Por lo que nos cuentan los Evangelios preocupó mucho a los sacerdotes judíos de entonces, parece ser que vieron en él una competencia o un espíritu nuevo de renovación al que ellos estaban totalmente cerrados, y obraron a la altura de esta falta de apertura y de su mezquindad. Pero ¿qué sucedería si hoy apareciera un personaje de las características de Jesucristo, pero totalmente incógnito, claro?. Si tiene dificultad en imaginarlo piense, por ejemplo, en Juan el Bautista que fue una reencarnación del profeta Elías, con una personalidad muy peculiar y de las mismas características que aquel, y al que las gentes de su época no supieron reconocer. Ambas personalidades tienen, en efecto, unas ostensibles similitudes que difícilmente se pueden dar al azar: Véase cuando Elías se enfrenta con el rey Acab, reprochándole su conducta, y cuando Juan el Bautista predica y recrimina la conducta del rey Herodes. Y, como hace observar el mismo Jesucristo, sus contemporáneos no reconocieron a Elías en Juan el Bautista y le trataron muy mal. Volvamos, pues, a la primitiva pregunta: ¿qué sucedería si hoy apareciera, en nuestro ambiente, un personaje de las características de Jesucristo?.

   ¿Cómo le vería la Iglesia Católica?. Mal. No sé si le declararía un hereje, si le combatiría, si le rebatiría, o si, simplemente, le daría la espalda y le ignoraría. La Iglesia Católica, por ejemplo, no podría tolerar que dijera cosas como que Juan el Bautista y Elías son la misma persona, esto significa una reencarnación y creer en la reencarnación es una herejía. Pero donde más contrariada se sentiría es cuando dijera que ha venido a mejorar las cuestiones religiosas introduciendo los cambios pertinentes. Que dijera que viene a ayudar a los más necesitados, vale, esto lo admitiría. Pero que quisiera poner al día las creencias religiosas, dándoles viabilidad y universalidad, a cuesta de cambios, ¡que es lo que haría!, a eso si que no estaría dispuesta la Iglesia Católica, que considera que sus caminos son inamovibles y que es infalible por la gracia de Dios, y que ya dispone de Concilios, doctores y autoridades competentes. Y los dogmas, por supuesto, ni tocarlos, cualquier discusión sobre ellos estaría mal vista.

   Tampoco saldría bien librado con los criterios de la Psiquiatría científica. Ser tentado por el propio demonio o que se le aparecieran personajes como Moisés y Elías, bien parecería que encaja con tener delirios y alucinaciones. Y cuando dijera que ha venido para salvar al mundo, bueno, esto ya sería, según los criterios ortodoxos, lo que hacía falta para recomendarle un ingreso hospitalario o un tratamiento con neurolépticos por presunta esquizofrenia.  

   Nuestro criterio, por supuesto, tendría que ser muy diferente del citado planteamiento científico. Hablar con los entes de la otra dimensión, lejos de ser algo peyorativo, es una super-capacidad que apunta hacia el hombre del futuro. Cabe, en efecto, esperar una evolución del cerebro humano en el que esté presente la capacidad de sincronizar con las dimensiones sutiles que le circundan y en las que está inmerso. En cuanto a salvar el mundo, lo que da sentido a la vida no es otro que intentar mejorarlo en la medida de las posibilidades de cada uno, que es la mesianidad interpretada correctamente.

   También tendríamos que valorar como insuperable su mensaje de amor. O cuando explica que el Reino de Dios hemos de buscarlo dentro de nosotros. En el amor y en la búsqueda de un Dios, Energía Cósmica, dentro de uno mismo están las bases de una Religión Universal, que es lo que un Mesías vendría a enseñar ahora. Ya se ve claro que los sectarismos religiosos han de ser superados por una búsqueda de la universalidad basada en la razón y también en el conocimiento directo o intuitivo capaz de ser vivenciado. Siempre como una verdad que pueda ser compartida por todos como premisa para que sea realmente verdad.

   Pero quizá uno de los puntos más difíciles de entender, y no por ello menos sublimes, es el mensaje crístico del sufrimiento. Precisamente Jesucristo es el paradigma máximo del sufrimiento en pro de una causa altruista. Un sufrimiento que no va a buscarlo, hasta ruega al Padre que si es posible le aleje de aquel destino doloroso, pero lo afronta precisamente porque interpreta que es la voluntad del Padre.  El valor del sufrimiento hay que interpretado lejos de cualquier tentación sádica o masoquista que iría en contra de algo tan fundamental como es el amor o como es la vida, pero también este sufrimiento correctamente interpretado es fundamental, porque es algo con lo que inexorablemente nos vamos encontrando en la vida y es imprescindible darle el sentido que lo revierte en el valor y la fuerza que nos permite evolucionar. El mensaje crístico del sufrimiento, repasando la Historia, ha sido pésimamente interpretado con tanto sadomasoquismo, de una forma que sin duda lo desacredita, cuando es algo esencial para dar sentido a lo que bien podríamos decir que es la aventura crística de la vida, de cualquier vida.

   Jesucristo, si reapareciera, seguro que este mensaje sobre el sufrimiento lo explicaría maravillosamente bien y sería un punto clave para el relanzamiento de una Religión que se abriría camino a la universalidad por méritos propios, como una Ciencia que se impone. Y explicaría que el hombre no puede prescindir de la Religión porque su esencia es la energía sutil que tiene sus raíces en el reino donde habitan los espíritus, los ángeles y la propia divinidad, y que todo esto debe descubrirlo cada uno, sin imposiciones dogmáticas, en un camino personal de búsqueda de una Verdad con visos de universalidad. Jesucristo querría ahora que los templos se convirtieran en lugares de exposición sobre estos temas, y de diálogo y sobre todo de búsqueda, por la propia naturaleza del hombre que está lejos de un conocimiento totalmente logrado y que se dignifica por la apertura y la búsqueda hacia el conocimiento. Hacia un conocimiento que implica evolución personal y, a nivel colectivo, implica la evolución social que ha de hacer posible la detención del deterioro planetario que estamos viviendo. 

Por ARMAGEDÓN

 

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