
CONSIDERACIONES
SOBRE NEOCHAMANISMO
Y CHAMANISMO HUICHOL
por
Eugenio
Porras Carrillo
Etnólogo. Escuela Nacional de Antropología e Historia-Unidad Chihuaua
Centro INAH Nayarit
PRESENTACION
En este breve trabajo
presento algunas reflexiones de carácter general en torno a un tema que, sobre
todo a partir de la década de los 70, ha llamado la atención, cada vez más, a
muchos antropólogos (y no antropólogos) hasta el punto de que casi es posible
hablar de un área de especialización en esta disciplina. Me refiero al chamanismo, concepto no poco ambiguo que en la actualidad
engloba a concepciones y prácticas muy diversas que, no obstante, giran
principalmente alrededor de específicas relaciones de poder que algunos seres
humanos mantienen, como intermediarios privilegiados, con el mundo natural, con
la esfera de lo sobrenatural y con las muy diferentes sociedades y culturas a
las que pertenecen. El aspecto cognitivo, desarrollado original y sintéticamente
en Fericgla (1997, a) como parte de su posicionamiento teórico (Buxó, 1978)[i],
de estas interacciones particulares se presenta como fundamental, puesto que se
supone que a través de ellas se adquiere y manifiesta un conocimiento de
caracter integral y completo, al modo de “la verdad o verdades”, sobre el
ser y el hacer de cada uno de los individuos, grupos o colectividades en las que
el chamanismo está presente. Por otra parte, se coincide en remarcar que en
cada caso, por muy variadas que sean las formas y técnicas, el acceso a ese
tipo de conocimiento está limitado a ciertos miembros, aquellos que por decisión,
innata o no, del destino o tras un arduo aprendizaje son capaces, de situarse en
un estado psíquico o de conciencia distinto al que se considera “normal o
habitual” en la correspondiente cultura. Es decir, al interior de cada uno de
los imaginarios social e históricamente constituidos, la personalidad del chamán
juega un papel clave.
Sin pretender abarcar
exhaustivamente todos los ángulos de tan compleja temática ni mucho menos a
todos los autores que de una u otra forma se han referido al chamanismo, me
limito a presentar en forma más bien introductoria y divulgativa, como una
forma de “pensamiento en voz alta”, algunas de las muchas aristas que me
parecen tan dignas como necesarias de ser pulidas y recuperadas, o simplemente
reflexionadas, desde la perspectiva antropológica, ante las posiciones y
opiniones de otras disciplinas y movimientos, principalmente la psicoterapia y
la “new age”. En una especie de primera parte me refiero a los componentes y
estereotipos más frecuentes en la descripción del fenómeno chamánico,
haciendo particular alusión a su relación con la medicina y desarrollando un
poco más las características particulares que presenta en las sociedades
urbanas y complejas actuales. En la segunda parte, a modo de comparación,
sintetizo etnográficamente alguno de los elementos básicos que forman parte
del sistema chamánico entre los Huicholes (pueblo indígena del
occidente-noroeste de México) con el objeto de mostrar mínimamente las
diferencias, similitudes y relaciones entre los dos contextos culturales.
PRIMERA LECTURA
El
término "chamán" procede de la lengua tungus, nos llega a través
del ruso y expresa originariamente un fenómeno siberiano y central-asiático
con el que se designa al maestro del éxtasis (Eliade, 1982), estado anímico
por excelencia de la experiencia religiosa en aquellas latitudes, aunque
estudios más modernos sobre la misma área privilegian otras características (Hamayon,
1990)[ii].
Su empleo se ha extendido por todo el mundo para referirse a los personajes que
en la cultura de muchos grupos étnicos desempeñan un papel semejante, con
parecidas actuaciones, como mediadores entre el mundo natural y el sobrenatural,
entre el mundo de los hombres y el de los dioses o espíritus a quienes, por lo
general, toma como aliados, guías o ayudantes para llevar a cabo sus hazañas,
principalmente religiosas y curativas.
Sólo
hasta aquí llegan las generalizaciones comunes puesto que las formas que adopta
cada caso en concreto ofrecen particularidades tan importantes que cuestionan el
que se integren en un mismo concepto, sobre todo al tratar con términos tan difíciles
de definir como “éxtasis”, “trance” o “posesión”. Así, Luc de
Heusch (1973) distingue el chamanismo de la posesión como dos modos distintos
de acercarse a lo sagrado. En el primero “el chamán conserva la integridad de
su personalidad psíquica, cuyos poderes están decuplicados” (p. 257) y con
los que mueve su alma a voluntad en busca de las que están perdidas o enfermas.
La posesión sería entonces, como una especie de inversión, el descenso de
divinidades o espíritus y su encarnación en alguien que pierde, ante eso, su
voluntad. En ambos se puede o no presentar el fenómeno del éxtasis, de la
crisis extática, que “no es jamás anárquica, está regulada como un papel
teatral, se integra en un culto organizado que posee sus sacerdotes, su panteón,
sus reglas estrictas” (p. 256). Pero para otros autores no hay tal separación
y plantean que el viaje del chamán en busca del alma perdida o secuestrada
requiere previamente de la posesión. Por otro lado, la noción de trance es
presentada por Rouget (1980) como operativamente más adecuada que la de éxtasis[iii],
aunque pensamos que ambos pueden estar presente en el chamanismo ya que en
muchos casos incluye el ambiente ruidoso e hipnótico que suele acompañar al
trance pero también el recuerdo de la memoria propia del éxtasis.
Por
chamanismo se entiende entonces el conjunto de elementos, conceptuales y
materiales, que pone en juego el chamán para conseguir sus propósitos, es
decir, un sistema estructurado que comprende ciertas ideas, conocimientos,
instrumentos y prácticas a las que se puede acceder por vías y mecanismos
específicos. Los ejes de ese sistema o indicadores base son las categorías de
saber/conocimiento y poder/acción, columnas, en definitiva, de todo discurso,
pero que, en el caso del chamanismo se refieren a un conjunto de datos no
accesibles ni demostrables por las lógicas racionales y a una serie de acciones
poco normales que se suelen introducir en el ancho costal de “la magia”,
“lo paranormal” o lo “psi”. La “eficacia simbólica” del chamanismo
funciona, para Levi-Strauss (1977: 167), cuando “desgarrado entre estos
dos sistemas de referencias, el del significante y el del significado, el hombre
solicita del pensamiento mágico un nuevo sistema de referencia, en cuyo seno
pueden integrarse datos hasta entonces contradictorios”. Para otros autores
como Hoppal (1997: 73): “el chamanismo no es solamente una técnica arcaica de
éxtasis, no sólo una fase evolutiva temprana de la religión y no sólo una
manifestación psicomental, sino un complejo sistema religioso”.
La
propia historia del estudio del chamanismo y el seguimiento de las aportaciones
de los siempre más numerosos antropólogos, psicólogos y doctores dedicados a
la construcción del “discurso chamánico”, nos muestran una forma peculiar
de percibir la otredad, una labor especial y única que suele conducir a cambios,
tanto de actitudes como de paradigmas cognoscitivos, en el observador y a
modificaciones en su comprensión del poder. Fruto también de la reivindicación
étnica y producto de experiencias muy particulares, el chamanismo se impone
como la visión que de lo sagrado tiene alguien, el maestro, el don Juan (Castaneda,
1969)[iv],
el informante, alguien que nos habla de una realidad distinta a la que
normalmente pertenecemos o experimentamos. La relación con lo indígena, el
trabajo de campo, se convierte entonces, más que nada, en un proceso de
aprendizaje en donde el alumno es el etnólogo, éste un testigo y los conceptos,
definiciones y explicaciones privilegiados proceden de las percepciones de los
sujetos que se quiere conocer (Harris, 1979)[v]
y no del sistema cultural al que pertenece el investigador. El papel del
informante ocupa entonces una posición distinta al de simple transmisor o
intermediario entre el antropólogo y el grupo que estudia para ocupar una
relación más íntima y no exenta de conflictos que requiere, entre otras cosas,
revisar las técnicas y concepciones metodológicas basadas excesiva o
exclusivamente en la aprehensión de “la objetividad”. Por ejemplo, Sharon
(1980) destaca la amistad y el aprendizaje como las relaciones fundamentales que
le permitieron realizar su estudio sobre el curandero peruano Eduardo[vi].
Desde
la perspectiva del saber, el chamanismo es un camino hacia el conocimiento de
uno mismo o autoconocimiento (Castaneda, 1988)[vii],
una senda iniciática que intenta despejar la tal vez primera gran pregunta
trascendente propiamente humana: ¿quién soy?; y, seguramente la primera gran
tentación: ¿quién puedo ser?. El chamán, para responder, mira a su alrededor
y entona un canto, una llamada, una invocación que le va a permitir abrirse
camino entre las páginas invisibles que guardan la historia de su grupo y los
secretos de la naturaleza (visible e invisible) en el que vive. Desde la
perspectiva del poder, el generalizado recurso a ciertas plantas, por ejemplo, y
a otros utensilios son como instrumentos para el chamán, aliados o
intermediarios que muestran y demuestran su fuerza al controlar e interpretar éste
los efectos de aquéllas en su cuerpo.
De
modo que el cuerpo se convierte para el chamanismo en el campo experimental
privilegiado en que poner a prueba su cosmovisión, las utopías posibles. A
diferencia del éxtasis místico[viii],
el chamánico supera la contemplación y actúa provocando un efecto, la magia y
el milagro, que inciden en toda una colectividad de manera activa. El cuerpo es,
asimismo, una especie de laboratorio a través del cual se descubre una compleja
red de reacciones bioquímicas explicándose a sí mismas (Shulgin, 1997; Rossi, 1997).
La antropomorfización de esos intercambios bióticos contribuye seriamente a
originar la serie de espíritus, dioses, símbolos, signos, etc. con que poblar
y hablar de ese más allá al que el chamán accede.
Pero,
primordialmente, el verdadero chamán, aquel que en un principio fue nombrado
como tal, ha encontrado todo ese universo en la tradición del grupo con el que
étnicamente se identifica y una de sus privilegiadas funciones es relacionarse
con los demás como doctor, comunicarse como curandero, uno de los más
importantes mecanismos por los que logra hacer palpable y exteriorizar su poder
y su saber usando como eje el cuerpo: el propio, el del paciente y el social.
CHAMANISMO Y MEDICINA
En cuanto que un saber/poder sobre la enfermedad, el chamanismo se muestra como un conjunto coherente y avanzado de concepciones sobre el cuerpo humano y su funcionamiento que permiten la aplicación de medidas controladoras para mantenerlo en un determinado tipo de equilibrio cósmico, que incluye y trasciende la adaptación a lo social. Sería imposible en este reducido espacio dar cumplida cuenta de los múltiples detalles a dilucidar cuando consideramos al chamán como curandero, “medecine-man”, etcétera, por lo que aludiremos someramente a algunas cuestiones sobre las que es necesario trabajar.
Las
comprobadas curaciones por personas que pueden ser llamadas chamanes y los
movimientos espectaculares que a su alrededor algunas generaron y generan (Wasson,
1983; 1992)[ix],
empiezan a interesar a doctores y terapeutas que no logran sanar a sus pacientes
con el enfoque exclusivamente “científico” o biomédico. Como ejemplo, el
conocimiento sobre el uso de “plantas de poder”, enteógenos o alucinógenos
que los estudios sobre chamanismo arrojan, son una fuente aún insuficientemente
explotada para explicar el fenómeno de la toxicomanía, la drogadicción, y el
sentido de lo que se vive en esos estados de intoxicación, éxtasis, conciencia
alterada, o como se le quiera llamar, cuya adecuada utilización podría ayudar
a no pocas personas atrapadas o adictas a lo que muchos denominan “el mal del
siglo”, especialmente peligroso para los jóvenes. Algunas experiencias
psicoterapéuticas están empezando a surgir en forma grupal
(como los “talleres sobre la experiencia de la muerte”, en los que
han participado Fericgla y Jensen) y hay algún que otro centro, como Takiwasi
en Perú, dedicado al trabajo integral de rehabilitación de toxicomános a base
de plantas y con el asesoramiento de chamanes amazónicos. En el terreno
farmacológico cabe destacar los trabajos exahustivos y químicamente rigurosos
de Jonathan Ott (1997, 1996), pero no se cuenta aún con una adecuada
sistematización de los resultados de estas innovadoras experiencias ni de un
seguimiento eficaz que permita evaluar los alcances de las mismas.
Una
parte del necesario diálogo entre medicina y chamanismo se ha iniciado a través
de algunos interesantes proyectos como las denominadas “clínicas del dolor”
(Lawlis, 1989). En ellas, situadas en el estado de Texas (Estados Unidos) se
implementan técnicas extraídas de las experiencias y rituales que en otras
partes practican los chamanes. El chamanismo se ha incorporado, de esa y otras
formas, como un elemento unificador en el contexto de religiones, creencias,
sectas y movimientos mesiánicos que crecen y se multiplican en este fin de
milenio, sobre todo a la hora de tomar en cuenta los aspectos relacionados con
los complejos procesos salud/enfermedad/atención. En cierto modo puede,
entonces, considerarse como una especie de eslabón perdido hacia la fuente del
primer rito, del origen del mito, en cuanto que es situado como antecesor de
cualquier religión o sistema de creencias institucionalizado.
Por otra parte, médico y
chamán establecen complejas relaciones. Pueden complementarse (como sucede en
algunas comunidades de las “sociedades etnográficas”) pero siempre suelen
trabajar con diferentes concepciones de la enfermedad, del mundo y de sus leyes.
Podría decirse que uno es el portavoz de la ciencia médica y de su conciencia
ética, mientras que el otro es el medium o intermediario entre un espíritu y
su conciencia cósmica. ¿Puede un médico (o un antropólogo o cualquier
persona) transformarse en chamán?. La posibilidad de acceder al conocimiento
chamánico por parte de alguien que proceda de una cultura no chamánica plantea
el problema mayor de las relaciones entre grupos humanos, de la validez o
construcción de las fronteras culturales y simbólicas y los límites de lo que
puede ser aprendido e incorporado de una a otra, una más de las cruciales
cuestiones a resolver por una antropología del siglo XXI y sobre la que aún no
se tiene convincentes respuestas...
ACTUALIDAD DEL CHAMANISMO:
NEOCHAMANISMO
Al hacer hincapié casi
exclusivamente en la figura personal del chamán y en su función curativa, el
movimiento neochamánico plantea que al ser, en definitiva, el chamanismo un
estado alterado de conciencia, un viaje a una realidad aparte, una forma de
percepción extrasensorial, creado por la escenificación y el sonido de
instrumentos como el tambor, es decir, cierto tipo de experiencia individual, ésta
puede ser alcanzada a través de la reproducción y la recreación del ambiente
e instrumentos que rodean al chamán. El extremo de esta discutible apropiación
cultural y de esa especie de “esencialismo chamánico” lo encontramos en el
curso de capacitación chamánica (elaborado, por cierto, por un antropólogo)
denominado “Harner Method”, “sistema diseñado para permitirles a los
sujetos emprender sus propios viajes chamánicos de adivinación a la realidad
no cotidiana, donde obtienen personalmente sabiduría y orientación espiritual
directa, en respuesta a las cuestiones más importantes de su vida” (Harner,
1989: 247) que utiliza la tecnología electrónica en sustitución de los
instrumentos musicales en vivo porque “el sonido del tambor, escuchado por
unos auriculares...tiene la ventaja adicional de no crear las molestias
potenciales de los tambores en directo, en las estridentes condiciones urbanas”
(op. cit.: 248) intentando con todo ello “poner en práctica la democracia
espiritual implícita en el chamanismo” (op. cit.:250)[x].
Sin embargo, más allá de
esta descontextualizada y radical aplicación del chamanismo, hay muchos
aspectos, métodos e instrumentos del mismo que están siendo rescatados y
refuncionalizados por los nuevos enfoques que se presentan al interior de la
medicina, la psicología, la ecología y otras disciplinas. Aquí vuelve a
aparecer el poco estudiado tema del antropólogo convertido en terapeuta-chamán,
como son los casos de Joan Hallifax y sus métodos de curación caminando por la
soledad del desierto en California o los trabajos de Holger Kalweit a partir de
la aceptación del dolor y de la transformación del sufrimiento (Almendro,
1997). Todos ellos tratan de situarse en una perspectiva transpersonal y
multidisciplinaria que justifica la apropiación de técnicas y remedios
procedentes de cualquier tradición cultural a la que se pueda acceder,
enriqueciendo con ello la interacción pero estableciendo a veces similitudes
cuestionables al olvidarse de los contextos en los que cada concepción y cada
práctica se inscribe.
En el campo de la
medicina, por ejemplo, el cuestionamiento de la “teoría molecular del origen
de las enfermedades” y el tratar de superar la dicotomía e independencia
entre cuerpo/espíritu como reinos separados, originada desde el pensamiento
cartesiano, que, por otro lado, sirvió para permitir la manipulación de los
cuerpos al no poder el alma recibir ningún daño por ello (Dossey, 1986)[xi],
conduce a la revalorización y utilización de las concepciones y prácticas que
sobre salud y enfermedad poseen las sociedades no occidentales, a considerar la
espiritualidad como parte fundamental en el proceso de curación, así como a
una novedosa epistemología que subraya la importancia de que “el médico
moderno, al igual que el chamán, pueda comenzar a explorar nuevamente su vida
interior como parte de su formación, y con el mismo rigor con que aprende
anatomía, fisiología y bioquímica” (Dossey, 1989: 141).
En el terreno de la
psicología y psiquiatría, una larga experiencia de más de dos décadas en el
estudio de estados alterados de conciencia inducidos por drogas como el LSD se
recupera en la denominada terapia holotrópica u holonómica, técnica
desarrolada en los últimos diez años, que llega a los mismos resultados
prescindiendo de sustancias psicotrópicas y utilizando métodos como la
respiración controlada, la música evocativa, el trabajo corporal, los dibujos
de mandalas y otros enfoques procedentes del chamanismo y de tradiciones no
occidentales. El objetivo perseguido en estas técnicas es el de “facilitar la
autocuración del paciente, ayudándole a adquirir conciencia y a reintegrar los
elementos fragmentados del complejo mente-cuerpo” (Groff, 1989: 223) a través
de un viaje mental de muerte y renacimiento que tiene bastante semejanza con los
procesos rituales e iniciáticos chamánicos.
Uno de los factores que
han propiciado esta conjunción deriva de las experiencias psicodélicas de los
años 60, en las que antropólogos y viajeros de todo tipo tomaron contacto con
sociedades étnicas de tradición chamánica que emplean usualmente plantas con
un alto contenido de alcaloides. Al respecto, en un pionero volumen que recoge
experiencias de primera mano a cargo de científicos sociales con diversos
grupos y sustancias, Harner (1976: 6) considera que “una de las razones más
importantes por las que los antropólogos no dieron la debida importancia a las
sustancias alucinógenas en el chamanismo y las experiencias religiosas, es
porque muchos de ellos no habían tomado ninguno de los ingredientes indígenas
de efectos psíquicos (aparte del peyote), no habían vivido las experiencias
subjetivas que producen aquéllas y que tan definitivas son, tal vez paradójicamente,
para la comprensión empírica del significado que tienen para los pueblos que
estudiaban”. Estas plantas y mezclas, que otros autores prefieren denominar
“enteogénos” (Fericgla, 1999)[xii],
provocan variadas reacciones y efectos psicomentales, erróneamente agrupados
bajo el término “alucinaciones”, que, debidamente codificadas e
interpretadas, constituyen buena parte de los imaginarios y de las
representaciones con las que el chamán expresa su cosmovisión y conecta con
sus espíritus o animales auxiliares (como el caso del jaguar, presente en
muchos grupos amazónicos, descrito por Reichel-Dolmatoff, (1978).
Este es seguramente el
lado del neochamanismo que más se ha popularizado y que en mucho ha contribuido
a crear una imagen desfigurada del chamán o curandero nativo al no tomar en
cuenta que sus capacidades y sus funciones están prioritariamente inmersos en
una compleja red de relaciones sociales entre los otros sujetos y elementos del
grupo al que se adscribe. Algo parecido sucede con la noción de “estado
alterado o modificado de conciencia” (o de embriaguez o borrachera divina de
la que habla De Felice (1975) desde el que se supone que actúa el chamán, lo
que, según nuestra experiencia etnográfica no es siempre así (Porras, 1997)[xiii].
Sin embargo, no faltan algunos estudios más serios y ambiciosos como el ya clásico
de Furst (1980) o el experimental, multidisciplinario e innovador de Fericgla
(1997) que incluye la aplicaciónn de electroencefalogramas a indígenas shuar
para registrar los cambios que a ese nivel suceden bajo el efecto de la
ayahuasca, Banisteriopsis Caapi, una
de las plantas chamánicas más estudiadas por los antropólogos y también por
doctores (Zuluaga, 1999, para el caso del alto Amazonas colombiano).
Uno de los principales
factores que también ha contribuido en la aparición del “neochamanismo” ha
sido la crisis en la que han entrado los modelos explicativos científicos
dominantes, la insuficiencia de las explicaciones clásicas y la búsqueda y
aportaciones de las nuevas concepciones que parten de los postulados de la física
relativista y de la mecánica cuántica sistematizando en una visión integral
los novedosos descubrimientos sobre la constitución, el funcionamiento y las
relaciones entre espíritu, mente y materia, etcétera. Estas concepciones son
muy semejantes a las que presentan los sistemas chamánicos y sus principales
elementos pueden resumirse en los siguientes postulados:
1)
Interconexión entre todos los niveles de realidad de modo que lo que le ocurra
a un individuo afecta a los demás, desde el nivel físico al espiritual;
2)
Lo percibido por los sentidos es una localización de pautas más amplias de
energía;
3)
Tanto lo que puede ser medido y comprobado como lo imperceptible son aspectos
que influyen en la enfermedad;
4)
La conciencia se encuentra en todas partes o "todo tiene vida";
5)
El universo es sagrado, tiene propósito y significado (Mehl, 1989: 180).
Otro de los aspectos
constantes y sobresalientes abordados por los defensores del “neochamanismo”
se refiere al crecimiento personal y las autotransformaciones que se derivan de
la iniciación y la práctica chamánicas. En ese sentido, se pueden establecer
correspondencias y similitudes entre los cambios experimentados por la práctica
de disciplinas recomendadas por algunas religiones o sistemas de desarrollo
personal, como son la oración, el ayuno, el ejercicio, el canto, la meditación,
el silencio, la contemplación, etc. y las técnicas empleadas por los chamanes
para la obtención y manifestación de sus poderes. Una de las propuestas
interesantes se refiere a considerar las narraciones chamánicas, los cantos
ceremoniales (muchos de ellos recibidos de los espíritus protectores o guías
en los momentos de trance, denominados “ícaros” por varios de los grupos
selváticos de Perú y Ecuador) o canciones como historias o relatos de poder (Castaneda,
1976) que pueden servir de guías para elaborar nuestras propias
“construcciones verbales conscientes basadas en experiencias numinosas ajenas
a la realidad consensual cotidiana, que orienten a los individuos y les ayuden a
integrar los aspectos espirituales, míticos o arquetípicos de su experiencia
interna y externa, de un modo único, significativo y gratificante” (Kremer,
1989: 262). El antiguo tema del poder de la palabra y su uso ritual se encuentra
completamente vivo y actuando tanto en los mitos que conforman el chamanismo
como en los del neochamanismo, haciendo palpable lo de que, en definitiva,
“somos sílabas” (Calasso, 1999)[xiv].
Pensamos que lo riesgoso
de un movimiento como el neochamánico se encuentra en la laxa utilización de
un mismo término para referirse a fenómenos, circunstancias y enfoques muy
diferentes entre sí que, en todo caso, tienen en común el ser exóticos o poco
usuales para la cultura occidental dominante. Con ello se pierde significación
a la vez que se desvirtúan y se descontextualizan el conjunto de prácticas y
concepciones que, bajo el nombre de chamanismo, forman parte constitutiva y
explicativa de muchas culturas étnicas distribuidas a lo largo del planeta, son
exclusividad de tales grupos y fundamentan su identidad y su derecho a existir
diferenciadamente. Posiblemente, lo positivo de ese neologismo sea la ya
mencionada apertura del diálogo entre los aspectos más espirituales y
profundos de las distintas culturas humanas y el reconocimiento de los valores y
aportaciones de los grupos minoritarios comúnmente marginados y considerados
inferiores, “pre-históricos”, “pre-lógicos”, “pre-científicos”,
etcétera (Lévy-Bruhl, 1985)[xv].
En todo caso, esas inquietudes debieran de servir para avanzar en el
conocimiento de las distintas etnias y potenciar un acercamiento a las mismas
con nuevos y audaces enfoques, metodologías y actitudes de respeto y
revalorización que permitan su reproducción y sobrevivencia.
ALGUNOS ELEMENTOS DEL CHAMANISMO HUICHOL[xvi].
En México, entre los aproximadamente 30 mil
huicholes que habitan mayoritariamente en el estado de Nayarit (10,976, según
el Censo General de Población del año 2000) y, en menor proporción, en los de
Jalisco (16,932), Durango (1,435) y Zacatecas, encontramos operando con toda su
intensidad y complejidad un sistema chamánico que contiene los rasgos más
importantes y comunes a otros grupos en donde el chamanismo está presente. El
hecho de que los huicholes se designen a sí mismos como “doctores”, según
la interpretación que del término wixárika
(con la que ellos se autonombran como grupo) hizo Lumholtz (1986:21)[xvii],
indica la importancia que adquieren las cuestiones relacionadas con la religión,
el ritual y la salud, si bien ésta no se refiere exclusivamente al cuerpo. El mara´akame,
como se le llama al chamán huichol, no se dedica exclusivamente a curar a la
gente sino que tiene otras funciones, en algunos casos más importantes, como la
de ser guía espiritual del grupo, depositario de la memoria histórica y mítica,
sacerdote o “funcionario” religioso y, en ocasiones, incluso llega a ocupar
alguno de los cargos civiles tradicionales y actúa como autoridad
representativa dentro del complejo sistema de cargos que organiza la vida
sociocultural de las comunidades y poblaciones huicholas.
El conocimiento del mara´akame
se nutre de la tradición del grupo, contenida principalmente en los mitos, y de
las actividades que realiza de acuerdo a “el costumbre”, visión emic de su
propia historia y su cultura heredada por los antepasados, ya sean humanos o
divinos. Creemos que esa vinculación con la tradición, las normas, pautas y
costumbres establecidas, es una muy importante característica que deslinda el
chamanismo del neochamanismo, este último compuesto por fragmentos recogidos de
tradiciones y contextos muy variados y dispersos espacio-temporalmente. En lo
que sigue sintetizaremos algunos de los aspectos que pensamos deben de ser
tomados en cuenta para comprender con mayor claridad las características y
comportamientos del chamanismo o curanderismo entre los huicholes, es decir,
aquello que los mara´akate saben y
hacen tanto como lo que deben saber y lo que deben de hacer, la interpretación
que ofrecen de su cultura (Geertz, 1987)[xviii].
a) Aspectos cosmogónicos y cosmovisión. La concepción huichol del
universo y de su origen presupone una interacción constante de los elementos de
la naturaleza como seres vivos entre los que se dan constantes relaciones no
exentas de violencia, astucias y humor. En los mitos se encuentra la explicación
del surgimiento del mundo, de sus partes, de los
antepasados y de las pautas que deben de seguir los huicholes. De acuerdo
a las diferentes fuentes documentales a las que tenemos acceso, podemos señalar
que en un principio el mundo era plano, oscuro, sin ríos e inclinado hacia el
mar, solamente habitado por los hewietari
(los creadores, los formadores), los kakauyarite
(seres de poder equivalentes a los gigantes que, posteriormente, se convirtieron
en piedras y montañas), los tatotzima
o bisabuelos y los hombres-animales. Este mundo creció hasta que tomó la forma
de un disco rodeado por cinco mares (Milanese, 1985). Por su parte, en su
trabajo de campo de los años treinta, Zingg (1982) recoge que la tierra es para
los wixárika un disco chato, al que
rodea un mar poblado de serpientes acuáticas adonde el padre sol desciende cada
noche, camina por debajo de él y de la tierra, y por la mañana vuelve a
alzarse con la ayuda de los loros.
A modo de ejemplo de la estructura mitológica,
como narraciones de poder que todo chamán debe de manejar correctamente,
presentamos una versión del nacimiento del fuego, considerado el primero de los
mara´akate o chamanes, a partir de un
resumen articulado de los mitos contenidos en Benzi (1972) y en Benitez (1968):
la madre tierra, tatei yurienaka, hizo
temblar cinco veces para liberar su luz la cual, tras aparecer por el oriente,
se introdujo en el corazón de la tierra y recorrió el mundo inferior, el mundo
subterráneo, hasta reaparecer como fuego en una cueva, teakata.
Antepasados, hombres-animales (el hombre-víbora roja y el hombre-serpiente),
las estrellas y otros animales lo persiguieron y le hicieron ofrendas hasta que
el tlacuache (yahurrú tewiyáre) logró
prender una chispa con su cola, la guardó en su vientre, huyó, fue golpeado
por los venados quienes lo creyeron muerto pero consiguió llegar al centro del
mundo y ofrecer una chispa a cada una de las regiones. Con el mismo estilo se
explica el surgimiento de la luna, del sol, del héroe cultural (Watákame), de la primera peregrinación al peyote, etcétera,
siempre narraciones que cuentan la historia de los elementos naturales como
antepasados de los hombres hasta llegar al mito del diluvio en donde del
casamiento del héroe cultural con una mujer-perro surge la actual generación
de huicholes. El mito funciona, pues, como una autoridad que enseña al mara´akame y le permite expresarse tal como él es puesto que
“instaura un orden, fija un tiempo y dibuja un espacio. Los elementos que
constantemente incorpora adquieren una función simbólica más allá de
cualquier uso inmediato. Esa reinserción de elementos depende, en buena medida,
de los ojos y de los oídos del narrador, de su personalidad y predisposición,
que hará que lo narrado se convierta en algo siempre nuevo, siempre diferente"
(Porras, 1989).
El panteón huichol está compuesto por más de
treinta dioses que, un tanto esquemáticamente, se dividen de acuerdo a dos
ciclos fundamentales: la temporada de lluvia y la temporada seca, la noche y el
día cósmicos, la oscuridad y la luz, lo femenino y lo masculino. Entre las
diosas de la temporada húmeda tenemos a nuestra abuela crecimiento, takutsi
nakawé; la ya mencionada madre tierra; la diosa del maíz, uteanaka;
la que protege los partos, tuluviakame,
etcétera. En cuanto a los dioses o personajes de la temporada seca sobresalen tatewarí,
(nuestro abuelo fuego), tayau, (nuestro
padre sol), akaitewarí (el viento), paritzika
(deidad de la caza y de los venados) y otros muchos. La relación entre los dos
bandos, que a menudo se expresa como enfrentamiento, es lo que mantiene al mundo
en movimiento y todo ritual y relación con los dioses está encaminado a
mantener ese equilibrio cósmico. Por lo general no se tienen ídolos de los
dioses y cuando existen o se fabrica alguno se guardan en lugares secretos,
generalmente en cuevas remotas, o se entierran en el centro del kalihuey
(edificio circular donde tienen lugar las ceremonias) o en el centro de los
patios ceremoniales familiares. Sus escasas representaciones aparecen también
en discos (teapári), “hechos en
ceniza volcánica solidificada, de manera ocasional en madera y en muy raras
ocasiones se moldean en arcilla [o, modernamente, en yeso] que varían en tamaño
de acuerdo a la imaginación del artífice...representan el dominio del dios o
la diosa, se pintan o se graban con dibujos simbólicos de sus atributos y
relaciones con el mundo” (Lumholtz, 1986 a: 51).
b) Aspectos cosmográficos: espacios sagrados. El universo huichol se
divide en tres partes o franjas: arriba se encuentra el cielo (heriepana), es
donde mora el sol (y el águila real werika
como su madre, equivalente a la Virgen María, tanana) y se denomina tajeima;
en la parte central (jeriepa) se
encuentra la tierra y es donde viven los huicholes; abajo se halla el inframundo
(Watetiapai). Los puntos cardinales de
la tierra son cinco: el centro, donde se encuentra el territorio huichol formado
también por cinco comunidades principales (San Andrés Coamiata, Santa Catarina,
Guadalupe Ocotán, San Sebastián y Tuxpan de Bolaños); el norte, donde se
encuentra aurramanaka, lugar donde
encalló la canoa de nakawé en el
diluvio mítico y que corresponde al Cerro Gordo en la comunidad tepehuana de
San Bernardino de Milpillas en el estado de Durango[xix];
el sur, donde está la morada de la diosa de las aguas, en el lago de Chapala
(Jalisco) o rapavillémeta; el oriente,
donde sale el Sol en el monte leunar,
parte del territorio de wirikuta,
desierto de San Luis Potosí donde crece el peyote o hi´ikuri; y el poniente donde está el mar, haramara.
Todos esos lugares se consideran sagrados y a ellos deben de acudir periódicamente
los huicholes para dejar ofrendas solicitando algún favor o agradeciendo otros.
También para obtener poder y conocer más cosas, especialmente los chamanes.
Especial importancia tiene la peregrinación de
unos 400 kilómetros a wirikuta para
la recolección del peyote que será luego consumido en las distintas fiestas
del ciclo anual. Sin la realización de al menos cinco viajes (no necesariamente
cada año) a este territorio donde viven los dioses, y desde donde se dice
proceden los modernos huicholes tras haberse perdido en aquella región, y sin
la ayuda o la gracia de los antepasados no se puede llegar a ser mara´akame.
La peregrinación implica una gran preparación, llevar buen número de ofrendas
(pues son varios los lugares a visitar), ayunos, abstinencias, la cacería del
venado (“...el venado es un antepasado fundador y un modelo de conocimiento...llevaba
al peyote dentro de su cornamenta...el mara´acame
recibe de él su palabra”, Lemmaistre, 1988), la visita a cuevas, fuentes (kutsala)
y otros lugares sagrados y, finalmente, la realización de una gran fiesta, la
fiesta del peyote (hi´ikuri nexa), que incluye el sacrificio animal (usualmente
una vaca) en la que los peregrinos quedan libres del compromiso adquirido.
c) Aspectos rituales y ceremoniales. Se llega a ser chamán a través de
la enseñanza de otro y de la participación en los numerosos ritos y ceremonias
que se celebran, escuchando con atención y fijándose en cada una de las
acciones que realizan los oficiantes. Bautizar a los niños (con agua de algún
lugar sagrado para que tatei niwetukame, nuestra madre tierra, le ponga el alma al niño en la fontanela
craneana), bendecir los matrimonios, dirigir los ritos funerarios y encabezar el
conjunto de fiestas que se realizan a lo largo del año son tareas ineludibles
para el chamán huichol. Son también las ocasiones en que puede demostrar
frente a la comunidad y los demás chamanes para lo que sirven su poder y
conocimientos. En el ciclo festivo encontramos ceremonias autóctonas que tienen
que ver con la temporada agrícola: tatei neixa, “danza de nuestras madres”, para bendecir la
cosecha e iniciar a los niños (de octubre a diciembre); mawarixa, que se realiza para la limpia del maíz; y hi´ikuri
nexa, danza del peyote, en la que se pide el agua de la lluvia para que
riegue las milpas y haga crecer las semillas recién sembradas (de mayo a junio
dependiendo del clima); otro conjunto de fiestas responden al calendario católico
y sincretizan elementos de las dos culturas: la fiesta de las banderas o pachitas que corresponde o equivale al carnaval occidental; la
semana santa (en la que se lavan los santos e imágenes católicas); y la fiesta
de Guadalupe (warupitukaritsie) en la
que se eligen las autoridades custodias de los santos, el Cristo y la imagen de
la Virgen; por último, existen dos fiestas que abren y cierran respectivamente
el ciclo del poder que corresponde a la temporada seca: la puesta en pie de la
mesa de las autoridades (raparaririku)
el 4 de octubre, y el volteado de la misma (kirupuri)
en junio, entre las cuales se celebra, en la primera semana de cada año, la patsixa,
cambio de varas o de las autoridades tradicionales (Porras, 1990; Geist, 1991).
En la imprescindible participación en las
fiestas y la dirección de las mismas encontramos una destacada función social
del chamán huichol (y, en general, del chamanismo indígena americano) que lo
relaciona con las esferas de la política, la ideología y la religión,
funciones que no aparecen o no resultan tan importantes en el clásico estudio
de Mircea Eliade ya citado y que no son tomadas demasiado en cuenta por los teóricos
del movimiento neochamánico, pero que constituyen el sine qua non para ser reconocido como mara´akame.
d) Aspectos terapéuticos e instrumentales. El mara´akame
tiene que ser también un buen curandero o terapeuta y utilizar su poder para
sanar a la gente. Para ello debe de conocer antes que nada la constitución del
cuerpo humano. En términos generales, el individuo huichol está compuesto por
el iyari o corazón que es consolidado
a través de las peregrinaciones a los lugares sagrados; la memoria, procedente
de kauyumari, quien con la punta de su
flecha recogió la palabra que perdieron los ancestros al volverse animales; el nierika
o espejo donde se refleja la apariencia divina de los dioses en la actualidad[xx];
el kupuri o alma que subsiste después
de la muerte y el tukari, energía
vital, vida y también día.
Como en otros muchos lugares y culturas indígenas
de México (Dow, 1990; Vogt, 1983)[xxi],
la enfermedad es producto de la pérdida momentánea del alma producida por el
susto, por la actuación de algún espíritu malévolo al entrar sin protección
en su área de influencia, por no cumplir con alguna promesa hecha a los dioses
o por la actuación de algún brujo que introduce sus flechas invisibles en el
cuerpo de sus víctimas. La tarea del mara´akame
es semejante a la del doctor ya que de alguna manera también ha seguido
estudios acerca de las enfermedades y remedios pero, a diferencia de éste, se
considera, además, dotado de algún poder místico y toma en cuenta a la
persona integralmente, incluso en sus aspectos morales, no solamente como objeto
material. La curación chamánica es, pues, distinta a la del médico occidental
porque este individualiza la enfermedad mientras el mara´akame la colectiviza, es decir, “el médico se aleja del
paciente contagioso o toma todas las precauciones para no contaminarse cuando
realiza su operación. El mara´akame
se convierte en un ser ´delicado`, esto es, sagrado, se ha contagiado del
estado impuro (del enfermo, y debe de curarse junto con él)...ingiere una serie
de sustancias como medicina (en vez de dárselas al enfermo)...canta para curar,
utiliza la palabra como remedio mientras que el médico utiliza la escritura
(para recetar)...” (Porras, 1985: 81-82).
La técnica principal de curación del chamán
huichol “consiste en extraer por aspiración la flecha de la enfermedad,
solicitando ayuda a una divinidad y pidiendo al enfermo que descubra la parte
adolorida” (Torres, 1990: 21) sobre la que realiza la succión. Después
escupe y de acuerdo al contenido de la saliva (un pelo, grano de maíz, incluso
me ha tocado ver una velita en miniatura) acaba de determinar el origen del mal.
En ocasiones se emplea el tabaco, silvestre (makuchi)
o comercial (cigarrillos), para diagnosticar a través del humo arrojado a las
partes doloridas del paciente. A veces se requiere de toda una noche de canto
cuando la enfermedad está muy difícil y es preciso conseguir la ayuda de los
dioses. A través del canto se fija hipnóticamente la mente del enfermo, se
recitan los mitos ancestrales al tiempo que se busca el alma desprendida.
El uso del peyote o hi´ikuri,
que comparten varios grupos étnicos del norte de México y algunos de Estados
Unidos[xxii],
aunque con distintas concepciones y rituales, (La Barre, 1980) y que ya fue
descrito por Sahagún (1982)[xxiii]
en 1560, no puede faltar en ninguna ceremonia. El primer efecto del cactus que
crece a 400 kilómetros de distancia de las comunidades huicholes es estimulante
y permite mantenerse despierto o, en su caso, caminar mucho tiempo sin fatigarse.
En mayor cantidad aumenta la percepción y permite al mara´akame
acceder a la memoria étnica al conocer el código de las visiones que genera y
cómo desplazarse en el “viaje” hasta alcanzar la meta deseada. “La
experiencia alucinatoria, efecto del peyote, es capaz de resolver todos los
conflictos, los que dividen al cosmos, los que son una amenaza para la salvación
del hombre en el mundo y los que hacen temer el desequilibrio de la persona.
Revelación del iyari de kauyumari, constituye la experiencia más profunda y más real del
modelo humano. La imitación de kauyumari
genera una personalidad estructurada según los criterios de la memoria de la
raza” (Milanese, op. cit.: 406).
La música (en toda ocasión el violín y la
guitarra; únicamente en tatei nexa se
emplea el tambor o tépu) y la danza
también pueden considerarse instrumentos de curación ya que inciden sobre el
cuerpo y suelen estar presentes en las sesiones más importantes. Igualmente, el
sueño es utilizado para descubrir las enfermedades y los remedios que se han de
aplicar. En él se reciben mensajes de los animales aliados o de los antepasados
y son considerados como anunciadores de cosas buenas o malas. La diferencia con
las visiones producidas por el peyote es que no siempre se obtienen las mismas
imágenes. Como menciona un famoso y reconocido curandero o mara´acame: “en mis sueños
puedo ver cosas pero no me hablan de la misma manera que bajo la influencia del
peyote” (Valadez, 1986).
Las “herramientas” que emplea el chamán
huichol se suelen guardar en un pequeño estuche de palma trenzada denominado takuatsi a modo de un altar
portátil. En él hay varios objetos que varían de curandero a curandero
pero un par de plumas atadas a un delgado palo comúnmente llamado de brasil es
imprescindible. Con este sencilllo instrumento, denominado en wixárika
muwieri, el chamán limpia las enfermedades, recibe las diversas energías
de los elementos que lo rodean (del sol o del agua, por ejemplo) y las reparte a
la gente. De acuerdo a un anciano informante de la comunidad de San Sebastián:
“nuestra costumbre está escrita en las plumas de las aguilillas: cada raya,
cada nudo, es una página de nuestra historia. Si no fuera así hubiéramos
olvidado después de poco tiempo la tradición de nuestros ancestros...Ellas se
animan y hablan tan sólo cuando se ha tomado hi´ikuri.
Solamente entonces las plumas narran su historia, y para quienes la entienden,
su voz es tan clara como la del radio...Los jóvenes aspirantes a mara´akame empiezan a estudiar el muwieri cuya lectura es más fácil: en principio las de halcón (piwame)
que tienen estrías y colores bien netos, después las de otros aguilillas...cuando
serán viejos, sabios (kawiteros) podrán
leer las plumas de águila blanca...y transmitir la tradición a sus hijos”
(en Benzi, op. cit.:194-195).
También se incluyen flechas, ulú, de carrizo de unos 30 cm. con una base de palo en la punta de
las cuales se hacen unos dibujos o líneas que representan oraciones destinadas
a solicitar algún favor a los dioses. Igualmente se preparan vasijas (rukuri)
con la corteza de una planta rastrera (bule, guaje o tecomate en español), en
la que se pegan con cera bolitas de chaquira o semillas que representan la casa,
los niños, los animales por los que se pide protección y otros elementos del
microcosmos indio (Kindl, 2003). Por otro lado, algunos mara´akate
llevan envueltos en algodón unos cristales de roca "que se cree que son
personas muertas e incluso vivas, una especie de cuerpos astrales de los
teosofistas...dan especial suerte y protección en la cacería del venado...es
una forma en la que pueden retornar los hombres muertos hasta cinco veces” (Lumholtz,
1986 a: 98-100). Todos los instrumentos y elementos que van a ser usados en una
determinada ceremonia, ya sea de curación o festiva se colocan sobre un pequeño
tapete o altar denominado itari.
En
definitiva, y a modo de conclusión, creemos que con lo escuetamente expuesto,
quedan claras las diferencias entre el chamanismo y el neochamanismo. El primero
es un sistema extremadamente complejo que tiene que ver con toda la cultura del
grupo, exige una dedicación completa que abarca todos los aspectos de la vida
del chamán y es fundamentalmente un servicio a los demás miembros de la
colectividad. El segundo es, como mucho, un conjunto de técnicas o mecanismos
imitados o extraídos de las prácticas observadas en otras culturas que ayudan
a llenar los huecos de sentido y conocimiento, asi como la ineficacia de los
sistemas biomédicos, que tienen las sociedades occidentales en donde el “espíritu
científico” es el predominante. Sin embargo, el debate está abierto y las
opiniones basadas en el trabajo de campo son muchas...
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RESUMEN
En este ensayo se describen, en primer lugar, de forma general y
divulgativa, los principales aspectos presentes en los estudios sobre la cuestión
chamánica y sus componentes más generales, sobre todo en lo que se refiere a
su vinculación con los aspectos médicos y terapéuticos. En segundo lugar, se
realiza una aproximación al fenómeno del neochamanismo (entendido como las
formas actuales de apropiación, por parte de las culturas urbanas y
occidentales, de las prácticas chamánicas tradicionales e indígenas) señalando
las condiciones más importantes de su extraordinaria difusión y sus rasgos más
sobresalientes. Finalmente, se incluye una síntesis de los principales
elementos que componen el complejo sistema chamánico de los huicholes de México
en donde destacan los aspectos fundamentales que en mi opinión distinguen al
neochamanismo del chamanismo: la vinculación con la comunidad y el servicio al
grupo cultural del pertenencia a través de las polifacéticas funciones
desarrolladas.
[i] Según esta autora, el
sujeto de la Antropología Cognitiva “es el estudio de la naturaleza de la
mente y de las formas en que dicha mente afecta a la cultura y a su vez es
afectada por ésta” (p. 8)
[ii] Este monumental y
riguroso texto se centra en la relación que establecen las sociedades chamánicas
con el medio ambiente del que obtienen, sobre todo, los animales comestibles
a través de la caza y del matrimonio simbólico que el chamán contrae con
los espíritus de los animales: “Los espíritus son a los animales lo que
el alma del hombre es a su cuerpo, son accesibles a la acción del alma
humana, con el mismo estatuto” (p. 730, traducción mía).
[iii] “...sería partidario
de especializar el empleo de estos dos términos, reservar ´éxtasis` para
cierto tipo de estados conseguidos en el silencio, la inmobilidad y la
soledad, y designar por ´trance` los que se obtienen mediante el ruido, la
agitación y la asociación con otros” (p. 31)
[iv] Nos referimos al brujo
de supuesta ascendencia yaqui que transmite su conocimiento a Carlos
Castaneda (quien falleció en
abril de 1998), que para muchos se convirtió en el modelo ideal o prototipo
de chamán indio y cuyas enseñanzas se expresan a través de varios
desiguales y controvertidos volúmenes. Para una crítica a su obra y la
relación con los huicholes entre los que realizó trabajo de campo véanse
Fikes (1993) y Schaefer (1996). Sobre la posibilidad de que Don Juan fuera
un personaje inspirado en el mara´akame José Ríos Matsuwa véase Jáuregui
(1996).
[v]
Este autor explica y desarrolla con numerosos ejemplos, el denominado
punto de vista “emic” frente al “etic”, términos procedentes de la
lingüística de los años 50, a través de las analogías que Kenneth Pike
estableció entre “fonemics” y “fonetics (p. 492-493).
[vi] “Mi principal método
para la recolección de datos supuso el aprendizaje con Eduardo en cuatro
visitas...Me fue posible asumir el papel de aprendiiz a causa de una larga
amistad con el curandero. Este vínculo se vio favorecido más tarde cuando
me volví padrino de uno de sus hijos...” (p. 11-12)
[vii] "...nosotros no
necesitamos que nadie nos enseñe la brujería porque en realidad no hay
nada que enseñar. Lo que necesitamos es un maestro que nos convenza de que
existe un poder incalculable al alcance de la mano" (p. 11)
[viii] Corresponde al
experimentado, entre otros, por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz
y se caracteriza por un estado pasivo de beatitud, videncia y arrobamiento
surgido extravoluntariamente.
[ix]
Uno de los casos más sobresalientes en el ámbito mexicano fue el de
la curandera mazateca Maria Sabina de la comunidad de Huautla de Jiménez
(Oaxaca), "descubierta" por este autor quien rastrea y describe el
culto a los hongos, principalmente en las culturas centro y sur americanas y
se autocuestiona sobre el efecto que la divulgación de su “hallazgo”
tuvo para la cultura de este grupo étnico, un tema poco abordado por la “ética
antropológica”: “...-hippies, psiquiatras, heterodoxos, gente
extravagante, aún guías de turistas con sus dóciles rebaños...-
alterando y corrompiendo el apacible tenor de la vida en lo que había sido,
al menos en la superficie, un idílico pueblo indio. Miles de personas, por
todas partes, han tomado los hongos (o las píldoras sintéticas que
contienen sus principios activos) y el parloteo de algunos de ellos ocupa
los tramos inferiores de un segmento de nuestra ´prensa libre`. Deploro
esta actividad de la canalla de nuestra población...Si nos hubiésemos
abstenido de presentar al mundo los hechos según los conocíamos, podría
haberse desvanecido, sin llegar a ser conocido, un nuevo y, en mi opinión,
fundamental capítulo de la historia cultural del hombre primitivo, no
solamente en México” (1983: 10). Para el terreno europeo, sobre todo en
torno al uso de la amanita muscaria, véase Fericgla (1985).
[x] En realidad, según lo
consultado y leído, aunque es cierto que todo el mundo o la mayoría de los
miembros de un grupo puede llegar a ser chamán, únicamente lo consiguen
quienes, para empezar, se someten a
un duro entrenamiento lleno de abstenciones, pruebas y sacrificios; quienes
son “elegidos” por las plantas, los espíritus o algún maestro chamán
(o sea, muy poco democráticamente, por la gracia de los dioses o los espíritus
de las plantas o animales; o quienes tienen algún familiar con estas
extraordinarias características y se convierten en sus aprendices y
herederos...)
[xi] Una de las aportaciones
sugerentes de este texto es que plantea la existencia de una “enfermedad
del tiempo” que sería la causante de las enfermedades del corazón y
presenta una concepción holística de la ciencia médica conjugando sus
conocimientos teóricos con su práctica terapéutica.
[xii] “Este neologismo (del
griego clásico en-dentro; theus-dios;
gen-que genera o despierta)...fue propuesto en el año 1979 por un
pequeño grupo de científicos formado por los filósofos Carl Ruck y Danne
Staples, por el etnomicólogo Robert Gordon Wasson, y los etnobotánicos
Jeremy Bigwood y Jonathan Ott” (p. 28)
[xiii] El “pewatero” warijó
de la Sierra Tarahumara (Chihuahua, México)
no entra en ningún estado alterado de conciencia ni ingiere ningún enteógeno
para realizar su función terapéutica propiamente chamánica tal como él
dice: “...para curarlo sólo Dios sabe. Yo lo solicito allá arriba, en el
cielo, donde se celebra una junta en donde está Dios platicando y
ahí entregan al enfermo y al
que hizo el mal al señor o la señora. A ese ya no lo sueltan, ya se va a
quedar, ya lo van a castigar y a encarcelar por acuerdo de Dios, mientras
que al enfermo lo devuelven, se viene junto conmigo, ya se alivia y ya sigue
viviendo tranquilo” (p. 19)
[xiv] “Cuántos
acontecimientos, cuántas historias una dentro de la otra, que en cada
juntura esconden otras historias...Nadie me ha enseñado nada, todo me ha
sido mostrado. Necesitaré toda la vida para empezar a comprender lo que he
vivido. Comprender, entre otras cosas, qué significa el estar hecho de sílabas...”
(p. 21).
[xv] Texto clásico cuyos postulados han sido refutados ampliamente por la teoría antropológica pero que aun forman parte del pensamiento que sobre otros grupos y culturas tiene un amplio sector de la gente que estaría de acuerdo en las siguientes afirmaciones: “Sin du